sábado, octubre 28, 2006

Ludi circenses


En Cheste se está celebrando el Mundial de Motociclismo que ha levantado mucha expectación, pero a mí, que no soy nada motera, lo que me viene a la cabeza son las carreras que en el circo se celebraban. La imagen que he elegido es un mosaico de una villa de la plaza Armerina en el que se ve el auriga vencedor recibiendo la palma de la victoria. El texto que os pongo aquí es un extracto y resumen (sí, habéis leido bien he dicho resumen, aunque no lo parezca) del libro El circo romano de Ludwig Friedlaender que encontraréis en este enlace

Cuando por fin llegaba el tan esperado día de las carreras, las calles se llenaban de curiosos varias horas antes de que amaneciese. Los senadores y a los caballeros tenían asignados sus asientos por lo que podían acomodarse sin necesidad de madrugar, mientras que los miles y miles de espectadores de clases sociales más humildes tenían que ganar sus asientos a codazos y entre grandes apreturas, a pesar de las numerosas entradas del circo, pues éste resultaba siempre insuficiente para contener a todo el público. Se vendían entre los espectadores cojines especiales con un tosco relleno de juncos (el llamado acolchonado circense) para que pudieran sentarse más cómodos. Como las galerías no se hallaban cubiertas por ninguna lona, llevaban sombreros y las sombrillas contra el sol, y contra la lluvia y el viento se usaban grandes mantos. Esto no era obstáculo para que entre los más entusiastas adeptos del circo se encontrasen también las mujeres, quienes, a pesar de las aglomeraciones, el calor y el polvo, se presentaban en las galerías ataviadas con sus mejores galas y cuya presencia añadía un nuevo incentivo para los hombres asiduos a este espectáculo, ya que aquí se sentaban juntos, hombres y mujeres. (Ovidio, Ars amandi I, 135-170).

Antes de los juegos circenses bajaba del Capitolio a través del Foro una gran procesión con numerosas imágenes de dioses que entraba por la puerta central y recorría la pista dando la vuelta. Iba a su cabeza el magistrado promotor de los juegos, de pie en un carro alto. Precedían al carro del magistrado largas filas de músicos y otros acompañantes, y lo rodeaba un tropel de clientes vestidos con toga blanca. La procesión avanzaba entre los sones de los flautistas y los tubicines; con las imágenes de los dioses acompañadas de numerosos sacerdotes y los cofrades de las corporaciones religiosas. El ceremonial de esta procesión se hallaba prescrito muy detalladamente y la menor infracción podía invalidar toda la fiesta, en cuyo caso había que volver a empezar los juegos desde el principio. Quienes se beneficiaban de estas repeticiones podían provocarlas infringiendo de cualquier modo el ceremonial, por lo que Claudio ordenó que los juegos circenses sólo podrían repetirse durante un día, poniendo fin a estos abusos. El público recibía a la procesión y al magistrado de pie, aplaudiendo y gritando, los labradores a Ceres, los soldados a Marte, los enamorados a Venus (Ovidio, Ars Amandi I, 148) y o bien manifestaban sus simpatías y deseos políticos ya que entre las efigies religiosas estaban las de los emperadores divinizados.

En el circo: Metae, tres columnas rematadas por una esfera situadas en los extremos de la pista señalaban la dirección de la carrera y entre ellas, por el centro, a todo lo largo del terreno, discurría un muro bajo, la spina, sobre el que se erguían los dos obeliscos y columnas, estatuas de dioses y pequeñas capillas. Las cuatro cuadrigas que solían competir salían a la pista cada una por una de las cuatro puertas más cercanas a la principal. Para compensar las diferencias del recorrido que tenían cada uno, el pasillo que encuadraba la puerta no formaba una línea recta, sino una curva, con lo que unos quedaban más atrás y otros más adelante; además, se sorteaban, los sitios de entrada. Las cuadrigas recorrían la pista por la derecha del muro desde la entrada hasta la meta del fondo y regresaban por la izquierda, dando siete vueltas (unos 8.3 km en aproximadamente 15 minutos) y para que los espectadores supieran por qué vuelta iban, se colocaban sobre la spina junto a las metae siete delfines y otros siete remates en forma de huevo, a suficiente altura, de modo que todo el mundo los viera, y a cada vuelta se hacía descender uno de estos adornos. Quedaba vencedor el que a la séptima vuelta cruzase primero una raya blanca, linea alba, marcada con yeso en el suelo del lado izquierdo. Además de los premios otorgados al vencedor, había recompensas para los que llegasen en segundo y en tercer lugar. Las recompensas para los vencedores consistían en palmas o coronas, en premios en dinero o en valiosas y lujosas prendas de vestir. Algunos aurigas llegaban a reunir grandes fortunas, como Diocles quien llegó a ganar 35.863.120 sestercios y convertido a dos caballos en "centenarios" (ganadores de 100 o más carreras) y a uno en "bicentenario".

En las carreras de cuadrigas, los caballos se enganchaban el uno al lado del otro, colocando el mejor de todos, a la izquierda del tronco; los dos del centro iban emparejados bajo un yugo, y los de los extremos, solamente embridados, se llamaban funales. Los nombres de estos caballos estaban en labios de todo el mundo, se les saludaba y animaba con gritos cuando salían a la pista. A pesar de la fama de que en Roma disfrutaban sus poesías, Marcial era menos conocido que el caballo "Andremón". Los aurigas iban de pie en los carros, vestidos con una túnica corta y sin mangas, atada al cuerpo, en la cabeza un gorro en forma de yelmo que les cubría también la frente y las mejillas que les protegía un poco en las caidas, la fusta en la mano y en el cinturón un cuchillo para poder cortar las bridas si hacía falta porque las llevaban atadas. Las túnicas de los aurigas eran del color del bando al que pertenecían blanco, rojo, verde o azul.

Momentos antes del comienzo del espectáculo un rumor parecido al de las olas del mar recorría la muchedumbre congregada. Todos los ojos estaban fijos en los portones de entrada a la pista detrás de los cuales escarbaban el suelo con las patas y piafaban de impaciencia las cuadrigas en las carceres. El presidente de los juegos, desde un balcón sobre la puerta principal daba la señal de salida lanzando a la pista un pañuelo blanco. (Suetonio, Neron 22)

Por fin se abrían de par en par las puertas, los carros irrumpían en la pista a toda velocidad y un griterío enorme llenaba todos los ámbitos del circo y se oía a gran distancia. Espesas nubes de polvo envolvían enseguida, a pesar de que en los descansos se los rociaba indudablemente con agua, los carros lanzados hacia la meta, en lo alto de los cuales los aurigas, inclinados hacia adelante, animaban a los caballos con sus gritos. Los aurigas diestros e intrépidos usaban los más diversos ardides: corrían en zigzag para impedir que los adelantasen; cuando ocupaban el centro de los carros corredores, describían una amplia curva sobre el lado derecho; se lanzaban en línea recta hacia la meta y, sobre todo, procuraban reservar la decisión para el final de la carrera, así conseguían dejar atrás fácilmente a los principiantes, que se habían lanzado a todo galope desde la misma arrancada y que en el último tramo ya no lograban arrear a su tronco agotado, por mucho que restallasen la fusta.

Los aurigas salían muchas veces despedidos del carro y eran arrastrados por los caballos; pero la principal dificultad y el mayor peligro se presentaban al girar en la meta de la séptima vuelta. Los aurigas se esforzaban en revolver el carro con la mayor rapidez posible, chocando unos carros contra otros y contra las columnas, los que venían detrás caían sobre ellos y en un instante todo, carros, caballos y aurigas, era un montón informe.

A medida que la carrera se iba acercando al final, aumentaban entre el público la tensión, la angustia, la ira, el júbilo y el desenfreno. Sin perder jamás de vista a los carros, los espectadores aplaudían y gritaban con todas sus fuerzas, se levantaban sobre sus asientos, agitaban pañuelos y prendas de vestir, animaban con sus gritos a los caballos de su bando, alargaban los brazos como si quisieran abrazar la pista, rechinaban los dientes, hacían visajes y gestos amenazadores, se peleaban, maldecían resplandecían de júbilo, prorrumpían en explosiones de una alegría frenética. Por fin, llegaba a la meta el carro del vencedor y el griterío atronador y clamoroso de los partidarios de su bando, con el que se mezclaban las maldiciones de los otros, resonaba por todos los ámbitos de la Roma desierta, anunciando a los que se habían quedado en sus casas que la carrera había terminado, y todavía seguía clavado en los oídos de los viajeros que salían de la ciudad mucho tiempo después de dejarla a sus espaldas.


El lunes una vez hayan pasado estas competiciones, intentaremos encontrar los paralelismos entre las carreras del circo y las del circuito, porque para mí que salvando las distancias temporales y técnicas.........nihil novum sub sole, non?



2 comentarios:

Anónimo dijo...

Enhorabuena por el artículo, está fenomenal.

Se lo recomendaré a mis alumn@s.
Osculum

Amparo dijo...

Un poco largo, pero resumir no es lo mío. Además quería reflejar el ambiente entre el público por lo que no me parecía adecuado saltarme las descripciones. Gracias por tu información para prepararlo Charo.